Lo ideal es probar alguno de los vinos de la cepa emblema, mezcla de moscatel de Alejandría y criolla chica. Mientras llegan algunas empanadas de charqui –carne deshidratada cubierta con sal y expuesta al sol–, comienza la degustación. Sirven un mounier 2014 Reserva, seguido por otros vinos de las bodegas Colomé, El Porvenir, Quara y Tacuil.

El día es glorioso al borde de la laguna. Un rato más tarde, con la copa en la mano, la mirada se pierde en la montaña, mientras los camareros siguen sirviendo el menú: humita en olla, tamales y pastel de conejo. Los enólogos hablan de “la fermentación en el roble, la expresión en la nariz y una cepa que da las chances de jugar”.

Pero los amantes del vino, los que disfrutamos de una buena copa sin conocimiento técnico, hablamos en la mesa del sabor y aroma frutal y del final seco como un latigazo. Aunque Cafayate siempre remite al torrontés, el lugar tiene una gran cantidad de hectáreas destinadas a las uvas tintas. En La Estancia de Cafayate, por ejemplo, el 50 por ciento de las plantas son de malbec, el 30 por ciento de torrontés y el resto de otras cepas.

Origen: Cafayate: excelentes vinos entre montañas y valles fértiles