El bacalao te conquista: del sustento humilde al lujo gourmet

El bacalao y su viaje imparable de las rutas atlánticas a la alta cocina

Estamos en febrero de 2026, en la Costa del Sol… y en una mesa blanca, bajo una luz limpia que parece recién estrenada, descansa un lomo de bacalao dorado. Cruje apenas al tocarlo con el tenedor. Podría parecer una escena cotidiana, pero detrás de ese gesto mínimo se esconde una historia de siglos, comercio, ingenio y revolución gastronómica.

La primera vez que entendí que el bacalao no era “un pescado más” fue en una cocina pequeña, de azulejos antiguos, donde una cazuela de barro burbujeaba con paciencia. No había fuegos de artificio, ni espumas, ni vajillas imposibles. Solo aceite, ajo, y el movimiento casi hipnótico de unas manos que ligaban una salsa con una fe que parecía religiosa. Allí comprendí algo que hoy, en pleno 2026, sigue siendo una verdad incómoda: antes de que existieran las modas culinarias, el bacalao ya era imprescindible.

Y eso importa.

Porque cuando un alimento sobrevive a las guerras, a las crisis, a los cambios de gusto y a los caprichos de la alta cocina, no estamos ante una tendencia. Estamos ante un pilar.

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El bacalao y las rutas del Atlántico Norte

Mucho antes de que habláramos de “kilómetro cero” o de cocina de autor, el bacalao ya viajaba miles de kilómetros. Su secreto no estaba en la sofisticación, sino en la resistencia. El secado y la salazón lo convirtieron en un producto estratégico en las rutas comerciales del Atlántico Norte. Desde las costas frías de Noruega hasta las mesas de Portugal y España, el bacalao fue algo más que alimento: fue moneda de cambio, sustento popular y garantía de supervivencia.

Era accesible. Era nutritivo. Y, sobre todo, aguantaba el tiempo.

Cuando uno lo piensa, resulta casi poético: un pescado blanco, aparentemente frágil, convertido en columna vertebral de economías enteras. Mientras otros productos se estropeaban con facilidad, el bacalao salado podía cruzar mares, sobrevivir a tormentas y llegar intacto a mercados lejanos. Esa capacidad de conservación lo convirtió en esencial.

En España, su integración fue natural. No hubo que forzar nada. Entró por las despensas y se quedó. Se adaptó a las técnicas locales, al ingenio popular, a las fiestas religiosas y a las mesas humildes. Fue comida de vigilia y plato de celebración. Fue recurso y fue lujo, dependiendo del contexto.


Gourmet Delicatessen del Mar y la memoria del bacalao

Recuerdo una conversación con expertos de Gourmet Delicatessen del Mar. Hablaban del bacalao con un respeto que no se finge. Decían algo que se me quedó grabado: mucho antes de que la cocina hablara de tendencias o de alta gastronomía, el bacalao ya era un pescado valioso.

Y tenían razón.

Porque el valor del bacalao no estaba en la etiqueta, sino en su utilidad. En su capacidad de alimentar generaciones enteras. En su versatilidad. En su nobleza silenciosa.

Durante años, sin embargo, hubo una tendencia curiosa: enmascararlo. Cubrirlo con salsas densas, disfrazarlo con especias, esconder su identidad bajo capas y capas de ingredientes. Como si su sabor, limpio y ligeramente salino, necesitara maquillaje.

Hasta que alguien entendió que no.


El bacalao y la revolución del sabor desnudo

La gran revolución llegó cuando los cocineros comprendieron que el bacalao no necesitaba esconderse, sino todo lo contrario: necesitaba protagonismo.

El aceite dejó de ser un simple medio de cocción para convertirse en aliado. El movimiento del cocinero, en herramienta. La gelatina natural del bacalao —esa sustancia que se libera con mimo cuando se cocina con paciencia— empezó a utilizarse para ligar salsas untuosas y elegantes, sin necesidad de artificios.

He visto cómo una cazuela se transforma en escenario. Cómo, con un simple vaivén de muñeca, el aceite y la gelatina se abrazan hasta formar una emulsión sedosa. No hay trucos. Hay técnica. Hay respeto por el producto.

En ese instante, el bacalao deja de ser ingrediente para convertirse en discurso.

Y eso cambió su destino gastronómico.


El bacalao en Bilbao y la nueva cocina urbana

En plazas gastronómicas como Bilbao, el bacalao encontró un nuevo hogar. Allí, la cocina urbana comenzó a reinterpretarlo sin perder su esencia. Se combinaron fondos profundos, verduras confitadas, salsas de larga cocción. Aparecieron matices dulces, tostados, ligeramente amargos.

El bacalao dejó de ser acompañante.

Pasó a ser eje.

Lo interesante es que no se trató de una moda pasajera. Fue una reivindicación. Un recordatorio de que este pescado podía ocupar el mismo espacio gastronómico que las piezas tradicionalmente consideradas “nobles”. Que no hacía falta un solomillo para impresionar. Que un lomo bien desalado, bien tratado, podía sostener un plato con autoridad.

Ese cambio de mirada fue silencioso, pero profundo.


El bacalao frito y su renacimiento gourmet

Y entonces llegó lo inesperado: la fritura.

Durante mucho tiempo, freír bacalao parecía casi una solución rápida. Algo práctico, funcional, incluso popular en el sentido más sencillo del término. Pero en los últimos años he visto cómo ese bocado crujiente ha vivido un renacimiento que nadie anticipó del todo.

Hoy, una fritura de bacalao bien hecha es un ejercicio de precisión.

El secreto empieza en la desalación. Ni excesiva ni corta. El punto exacto que respeta la textura sin arrastrar el sabor. Luego, el secado minucioso de las piezas antes de sumergirlas en aceite. Ese detalle, aparentemente menor, marca la diferencia entre una fritura correcta y una extraordinaria.

El rebozado ya no es una armadura gruesa que oculta el interior. Es ligero. Casi transparente. Protege sin tapar. La temperatura del aceite debe ser estable, firme, sin titubeos. El tiempo, controlado al segundo.

El resultado es casi teatral: exterior crujiente y dorado, interior jugoso, laminado, con esa textura que se abre en lascas como si el pescado respirara.

Y entonces sucede algo curioso. Lo que parecía cocina sencilla se convierte en alta técnica.


El bacalao y el equilibrio perfecto en el plato

En tiendas especializadas y espacios gourmet insisten en algo que parece obvio, pero no lo es: la fritura no termina en el aceite. Termina en el equilibrio.

Trabajar cortes regulares. Utilizar aceites limpios y de alta estabilidad térmica. Servir inmediatamente. Acompañar con elementos frescos y ácidos: encurtidos suaves, emulsiones cítricas, pequeños toques que corten la grasa y eleven el conjunto.

He probado bocados en los que un simple punto de limón cambia la experiencia completa. Donde un encurtido ligero despierta el paladar y lo prepara para el siguiente trozo. No se trata de complicar. Se trata de entender.

Porque el bacalao, cuando se le escucha, habla claro.


El bacalao entre lo retro y lo contemporáneo

Hay algo profundamente retro en el bacalao. Algo que huele a despensa antigua, a cocina de abuela, a mercados de barrio. Y al mismo tiempo, hay algo futurista en su capacidad de reinventarse.

En un mundo obsesionado con la novedad, el bacalao demuestra que la verdadera modernidad no siempre consiste en inventar algo nuevo, sino en mirar lo antiguo con ojos distintos.

Hoy, en febrero de 2026, el bacalao ocupa cartas de restaurantes sofisticados, vitrinas gourmet y mesas familiares con la misma naturalidad. Es democrático y exclusivo a la vez. Puede ser tapa y puede ser plato estrella.

Eso no lo consiguen muchos productos.

Y mientras lo observo, dorado y crujiente, recuerdo aquella cazuela de barro del principio. El aceite moviéndose como un pequeño mar interior. El silencio atento de quien cocina con respeto.

El bacalao no ha cambiado tanto.

Hemos cambiado nosotros.


Preguntas que siguen flotando en el aire

¿Por qué el bacalao fue tan importante en la historia europea?
Por su capacidad de conservación mediante secado y salazón, que permitió su comercio a larga distancia y lo convirtió en alimento estratégico.

¿Qué marcó la gran revolución en su cocina?
Entender que no había que ocultar su sabor, sino potenciarlo, utilizando su propia gelatina natural para ligar salsas.

¿Por qué Bilbao es referencia en bacalao?
Porque allí la cocina urbana lo reinterpretó con técnica y respeto, situándolo como protagonista absoluto del plato.

¿La fritura de bacalao es cocina sencilla?
Solo en apariencia. Requiere desalación precisa, secado correcto, rebozado ligero y control exacto de temperatura y tiempo.

¿Qué eleva una fritura a nivel gourmet?
El equilibrio final: cortes regulares, aceite de calidad y acompañamientos frescos y ácidos que realcen el pescado.

¿El bacalao es un producto del pasado?
Todo indica lo contrario. Su capacidad de adaptación lo mantiene vigente en la gastronomía contemporánea.


Hay alimentos que sobreviven porque no tienen alternativa. Y hay alimentos que sobreviven porque siguen emocionando. El bacalao pertenece a la segunda categoría.

La próxima vez que lo tenga delante, crujiente o ligado en una salsa sedosa, quizá no piense en rutas atlánticas ni en revoluciones culinarias. Quizá solo disfrute. Pero saber todo lo que hay detrás cambia la experiencia.

Y ahora la pregunta es otra:
¿Estamos valorando de verdad lo que tenemos en el plato?
¿O necesitaremos que pasen otros cien años para redescubrir lo que ya sabíamos?

By Johnny Zuri
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JOHNNY ZURI

Johnny Zuri Editor de Vino & Bodegas. Analista de tendencias gastronómicas y enoturismo. Buscamos el equilibrio entre la tradición de las grandes bodegas y la innovación en la cocina (Retro, futurista, Vintage). Si tu marca tiene sabor y carácter, este es su sitio. Contacto para Brand Content y Publicidad: direccion@zurired.es

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